la ciencia como sistema


LA CIENCIA COMO SISTEMA

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La ciencia como sistema está constituida por dos fases: empírica y teórica ,las cuales se subdividen solo por motivos descriptivos, pero son dos aspectos indisolubles en el proceso de la actividad científica. Ambas fases interactúan entre sí y contribuyen al conocimiento científico desde su propio “sustrato” de acción. La fase empírica pretende observar y describir el comportamiento externo de los fenómenos con la mayor rigurosidad posible, en concordancia con el desarrollo del potencial cognoscitivo de los métodos de obtención de información y de la teoría asociada al objeto estudiado; mientras que la teoría tiene la función de encontrar las causas esenciales por las cuales los fenómenos se manifiestan externamente de una forma determinada y no de otra, en condiciones específicas. Por tanto, desde el punto de vista de su potencial cognoscitivo, la fase teórica es capaz de pe­netrar en las esencialidades de los objetos, a diferencia de la fase empírica, que solo puede abarcar lo externo de los fenómenos


CORRIENTES EPISTEMOLÓGICAS DEL POSITIVISMO
Se ha escrito extensamente en la literatura acerca de las bases filosóficas e históricas del empirismo, positivismo y neopositivismo. Díaz y Calzadilla han planteado que hasta hoy persiste en la investigación científica la influencia del positivismo y neo­positivismo como la “filosofía de la ciencia”. Estos autores se plantean dos preguntas: a) “¿Por qué se debe necesariamente considerar a la realidad dividida en acontecimientos, objetos y procesos y no simplemente en otros tipos de fragmentos de dicha realidad tales como objetos o propiedades y relaciones entre propieda­des?” y b) “¿Cómo poder asociar los aconteci­mientos reales, los objetos y procesos con el conocimiento científico-teórico para que los primeros puedan servir de punto de parti­da en la elaboración de la teoría científica y de criterio de aceptabilidad y que la teoría pueda lograr explicar los acontecimientos y procesos reales?”.
Como es conocido, nos obligamos a “dividir” la realidad en fragmentos debido a las limi­taciones que tenemos para observar dicha realidad como un todo. Tal situación se debe a las propias limitaciones de los medios de conocimiento, por los procesos de esque­matización, idealización y especificación y no porque la propia realidad esté divida en fragmentos. Por otra parte, estos mismos autores, tratando de definir el concepto de hecho científico, preguntan lo siguiente: “¿Cambian las propiedades o características enun­ciadas anteriormente para el establecimiento de un hecho científico en la medida de que el número de conexiones y transiciones del objeto o los objetos analizados se tornan más complejos, dado que el objeto de atención se torna del mismo modo?”.
La respuesta a todas estas preguntas de­penderá de los postulados iniciales que se consideren. Si se asumen los postulados de positivistas, neopositivistas o cualquiera de sus variantes, los cuales plantean, en esencia, que “el mundo exterior debe considerarse como una acumulación infinita, como un simple montón de hechos ‘elementales’ abso­lutamente independientes unos de otros, y la ‘correcta’ definición de cada uno de ellos debe ser independiente de la definición de cual­quier otro hecho ,entonces “el estudio científico del mundo” se limitará a la unión puramente formal y verbal de un cúmulo de hechos sueltos, mediante su puesta en un mis­mo término bajo un mismo “común”. Este “común”, interpretado como “significación del término o signo”, siempre resultará algo plenamente arbitrario o “establecido de antemano por acuerdo”, es decir, “convencio­nal” .Como consecuencia, lo común (la unidad y la identidad), como único resultado de la elaboración “científicamente lógica” de los “hechos elementales”, no es el resultado de la realidad, sino de la “significación del término”, convencionalmente establecido de antemano .La consecuencia que tiene para la ciencia estos postulados no es poco relevante. Bajo esta concepción, los objetos simples, menos aún los complejos, no podrían abarcarse, puesto que las posturas epistemo­lógicas planteadas niegan la posibilidad de interconexiones profundas sujetas a leyes entre los hechos que existen. Planteadas así las cosas, la filosofía no podría constituirse como una herramienta más del conocimien­to, toda vez que las conexiones reales de la realidad misma no existen y son el resultado solo de las significaciones de los términos. Y no solo la filosofía, de esta forma, si estas corrientes gnoseológicas tuvieran razón, sería imposible explicar los fenómenos estudiados por las ciencias disciplinarias y, aun menos, por las ciencias más complejas como son las ciencias de las salud y sociales, dado que estas son el resultados de complejas interac­ciones de numerosos factores que ocurren en la realidad misma, donde el peso específico de algunas de ellas puede mantenerse rela­tivamente constante en el tiempo, mientras que otras pueden variar de una forma suave o brusca en ella.
Como consecuencia de todo lo anteriormente expresado resulta interesante preguntarse si la epistemología positivista y neopositivista realmente ha sido beneficiosa para el desarro­llo de las disciplinas de la salud como cien­cias. El empirismo, que reconoce el mundo objetivo, no es más que la hiperbolizarían de la fase empírica y niega toda forma de conocimiento teórico .El positivismo considera que no existe otro conocimiento que el que proviene de la experiencia, por tanto, niega la posibilidad de que la teoría puede ser una fuente de conocimiento y, es más, niega la posibilidad de que la filosofía pueda contribuir al conocimiento científico. El neopositivismo es una simple re­ducción de la filosofía al análisis del lenguaje. En resumen, el positivismo y el neopositivismo son solo formas, matices o versiones del empirismo.


LAS INVESTIGACIONES CUANTITATIVAS Y CUALITATIVAS DE LA CIENCIA COMO SISTEMA
Saavedra y Castro  plantean que “En el enfoque cuantitativo tradicional, apoyándose en las bases del positivismo, encontramos una fuerte división entre el sujeto que in­vestiga y el objeto del conocimiento”. Este juicio denota la confusión de los defensores de la “investigación cualitativa” acerca de lo que es una “investigación cuantitativa”. En primer lugar, el “enfoque cuantitativo tradicional” (y cualquier enfoque científico) no se apoya en las bases del positivismo, ni de ninguna epistemología en general, sino en la necesidad de describir los objetos que existen en la realidad, y que tal descripción se puede realizar, en primera instancia y entre otras formas, mediante la medición de las características externas del objeto. Por otra parte, se apoya en las leyes del desarrollo de la ciencia y, específicamente, en el desarrollo de la lógica interna (antes descrita), la cual es independiente de toda gnoseología. El positi­vismo como se ha constatado anteriormente, es una forma de interpretación del producto de los conocimientos que genera la ciencia, como lo hace cualquier epistemología. No solo la ciencia no se apoya en el positivismo, sino, como se ha planteado en este trabajo, el positivismo es una forma de la teoría del conocimiento que se opone al desarrollo de la ciencia al oponerse a su desarrollo teórico; como consecuencia, es legítimo plantearse si existe una disciplina que considere con seriedad renunciar a su desarrollo teórico. En segundo lugar, la “investigación cuan­titativa” no es toda la investigación que desarrolla la ciencia. Por tanto, arribamos a otra confusión: la ciencia no se reduce a la “investigación cuantitativa”. La ciencia se ocupa de conocer el mundo objetivo con toda su riqueza y complejidad, y para ello emplea todos los enfoques, diseños y métodos nece­sarios, con la condición de que estos métodos puedan caracterizar de un modo objetivo, o lo más objetivamente posible (en términos históricos), las características externas del fenómeno, sin permitir que las limitaciones de la propia ciencia puedan dar cabida a formas no científicas del conocimiento (el experimento de Hershey-Chase no requirió de ningún “dato numérico” para descubrir la función del DNA, y a pesar de los positivistas y otras derivaciones de esta epistemología, se requirió mucho conocimiento teórico). Lue­go, uno o varios de estos enfoques, diseños o métodos pueden tener la característica de poseer la capacidad de medir el fenómeno que se estudia debido al desarrollo del co­nocimiento de ese objeto. En tercer lugar, la ciencia (¿“la investigación cuantitativa”?) no plantea que exista una “fuerte división entre el sujeto que investiga y el objeto del conocimiento”. Lo que plantea es que, a pesar de que el mundo objetivo es difícil de captar por parte del sujeto cognoscente, es posible para él conocerlo y que existen, además, los mecanismos necesarios para comprobar si ese conocimiento es correcto o no lo es. Por el contrario, la “investigación cualitativa” se basa en la imposibilidad de conocer el mundo objetivo sobre la base, en esencia, de que el conocimiento opera como un sistema determinado solo desde el interior mediante sus propias estructuras y que esto trae como consecuencia que el observador no puede dar explicaciones de la realidad, sino de las que han sido producidas por sus propias opera­ciones y que ocasionan un cambio estructural determinado en su estructura, debido a lo cual existen tantas explicaciones como obser­vadores participen en ellas . Si somos consecuentes con este pensamiento, entonces no tendremos la más mínima oportunidad de abarcar la realidad y, mucho menos, de esta­blecer hechos científicos simples o complejos, pues estaremos impedidos de saber si una de esas tantas explicaciones se corresponde con una realidad común (y objetiva, además) y si el proceso de establecimiento del propio hecho científico vaya incidiendo sobre un observador en forma distinta respecto a otro, en virtud de que en cada uno de ellos se pro­ducen operaciones singulares que ocasionan cambios estructurales singulares de su propia singular estructura . Esta concepción tiene mucho de agnosticismo, entendiendo por tal aquella tendencia filosófica que admite la existencia de la realidad objetiva pero, a su vez, señala la imposibilidad de conocerla, es decir, una suerte de solipsismo.

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